Leer un libro a la semana es una constante en mi vida, la culpa la tuvo una biblioteca pública instalada en mitad de un parque. Mientras que mi hiperactiva hermana se jugaba la vida con los patines, la bicicleta o, simplemente, peleándose con mi hermano, yo me refugiaba entre las estanterías llenas de libros en busca de la paz y para no oír aquello de «Roci, deja de leer y juega con nosotros». Quien no lee sólo vive una vida, quien lee mucho, vive muchas vidas, es algo que descubrí desde muy pequeña. Y para vivir esas vidas les construía su propio mundo a los protagonistas de las historias. Si tenía suerte y los autores las describían me daban el trabajo hecho, pero tampoco me disgustaba la labor de imaginar cómo eran, cómo vestían y dónde vivían los personajes de mis otras vidas. Un juego, una manera de leer que estoy segura comparten la mayor parte de los humanos. Por eso el título de este espacio que no pretende ser un análisis sesudo de la narrativa actual sino un juego de pistas, sugerencias, lecturas distintas o simplemente, de compartir esa manera de multiplicarnos que es la literatura: ¿Jugamos?
La portada de «La verdad sobre el caso Harry Quebert» ya nos dice mucho de lo que vamos a leer en su interior: un cuadro de Hooper centrado en el cruce de un pueblo de la América más típica con casas blancas donde no se cierra la puerta porque todos los vecinos se conocen y un restaurante de carretera donde se adivina que uno de los mejores platos será la inevitable hamburguesa. En los cuadros de Hooper siempre aparecen hombres que parecen ocultar secretos inconfesables, mujeres solitarias que esperan o se esconden de la terrible sombra que les persigue. Ese retrato de la américa más conservadora, plácida e inquietante cuna de asesinos en serie. Pero en este caso no se habla de asesinos en serie, sino de escritores en plena crisis creativa, de ídolos con pies de barro, de adolescentes que seducen a hombres maduros con su candidez y adoración.
Joel Dicker, su autor, ese suizo guapetón que con sólo 30 años se ha encumbrado como uno de los autores más vendidos del pasado año. Con el arrollador éxito de su segunda novela te hace pensar en qué has perdido el tiempo. Si no hubiera sido mejor desarrollar tu talento, el que sea, (todos tenemos uno, estoy convencida) en lugar de beberte tantas copas con su ciudad de nacimiento, es ginebrino. El bueno de Joel, con su aire a Pablo Alborán, convierte la novela de 660 páginas en una madeja de nudos, semejante al de mis auriculares del Iphone o las luces del árbol navideño. Aquí no vale intentan adivinar quién mató a Nola, la protagonista del libro que, al igual que Laura Palmer altera la localidad donde vive y todos parecen culpables. A Nola, la han comparado con la Lolita de Nabokov, pero ella es mayor tiene quince años, no doce, por lo que la pedofilia no escandaliza tanto. Yo me la imagino más como Taylor Swift, cuando empezó en la música: con su larga melena rubia, su vestido rojo y su imagen de niña buena.
Ni Nola es tan buena, ni los malos tan malos, ni el pueblo de Nueva Inglaterra es tan decente como quiere parecer. Aquí todos tienen sus secretos, hasta el escritor que se hace famoso contando en un libro su trágico amor por la adolescente y en cuyo jardín de la blanca casa donde vive aparece enterrado el cadáver de la chica treinta años después.
De contar la verdad sobre este caso se ocupa un escritor, Marcus Goldman, en pleno bloqueo, lo hace por varios motivos en los que se mezclan el interés por resarcir a su maestro y el interés económico de hacer un negocio redondo que es lo que más le gusta a los americanos, casi tanto como la posibilidad de escribir «la gran novela americana». La persona a la que acusan de la muerte de la joven y que parece condenado por todas las evidencias a la pena capital es su mentor y profesor de literatura, el propio Harry Quebert. En la novela se mezclan el pasado universitario de ambos, las grandes lecciones que cruzaron entre ambos y una guía sobre cómo escribir un libro que se convierta en éxito y en lectura obligada en las universidades. Literatura sobre literatura, algo que un sesudo crítico llamaría metaliteratura, pero en lo que yo no voy a entrar porque esto es un juego.
La elección de este libro viene dada por ser el penúltimo que he leído y porque el último pertenece a una trilogía y todavía me falta la tercera entrega por leer, que no me gusta dejar nada a medias. De todas maneras, no podía empezar de mejor manera, yo me lo devoré en dos días, atrapada en cada giro y tirabuzón de sus páginas. Tampoco soy un ejemplo a seguir porque soy consciente que lo mío roza la adicción. Pero ya se sabe, el primer paso es reconocerlo…




